Las buenas intenciones de las hormigas

Desde su hormiguero, la tímida sala de La Escalera de Jacob, las dos hormigas restantes se han quedado tramando su particular forma de protestar contra la reina. El resto ha salido de la tierra para alzarse con cánticos y pancartas.

¿Quién elegiría un fin de semana de puente para encadenarse en una oficina? Gabriel Ignacio y Ramiro Melgar encarnan a dos trabajadores cuya indignación contra los despidos continuados en su empresa les lleva a tomar decisiones precipitadas. Las buenas intenciones y un plan poco meditado los sitúa en el lugar y momento equivocados, justo donde les ha colocado la dramaturga y directora Eva Redondo, ganadora de los Laboratorios de Creación Escénica 2016.

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Su ambición de fama en los medios y la emoción del ataque pacífico al equipo directivo les hace a los personajes olvidarse de lo más esencial en su plan: un teléfono móvil con el que llamar a los periódicos y las televisiones. Y a partir de este una serie de equívocos los dejarán aún más enterrados. Están solos, el uno con el otro, encadenados y con hambre. Tan solo les queda hablar entre ellos, hablar de todo, de la vida, de lo más banal.

Mediante el diálogo conocemos paulatinamente a estos dos extraños y opuestos personajes, ambos trabajadores, con sus manías, sus problemas más allá de la oficina, sus rutinas y sus entresijos, se reflejan en ellos mismos las jerarquías y las estructuras de poder, la sumisión y la imposición, el cambio de roles, la indecisión y toma de decisiones. Un cúmulo de conversaciones y hechos, mentiras y verdades a medias, teorías inexactas sobre la naturaleza de las hormigas que desembocan en un completo absurdo. La ironía y lo patético de la situación ponen de manifiesto la impotencia ante la injusticia.

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El juego de la luz sumerge al espectador en el tiempo de la ficción, el cansancio y la desesperación, a medida que pasan las horas de encierro, se nota en los huesos. Las elipsis mediante fundidos a negro recalcan este aspecto. El decorado minimalista, propio del espacio de La Escalera de Jacob, contribuye a crear una actuación desnuda y humana, aunque esto juega a veces en detrimento de los actores que aparecen más expuestos.

Las obreras se cargan a las reinas que no saben mandar. Esta es quizás la frase más revolucionaria de la conversación y es que, a pesar de el largo diálogo, en el que es cierto que salen a relucir situaciones injustas, poco podemos apreciar de crítica real. Aunque sus intenciones son buenas, se trata, por tanto, más de una obra de catastróficas desdichas entre trágicas y cómicas que de análisis social profundo. No obstante, es una muestra fiel de la realidad más simple y llana y como ya hizo Richard Linklater, es una de las formas más difíciles y particulares de hacer arte.

Los domingos hasta el 26 de junio a las 20:00 en La Escalera de Jacob.

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