Homofobia omnipresente

La II Guerra Mundial es fuente inagotable de inspiración para la creación encadenada de obras culturales. ‘The Imitation Game‘ utiliza un contexto bélico conocido para dar cuenta del gigantesco problema que supone la supremacía heterosexual.

Alan Turing, matemático homosexual gracias a quien dicha guerra se acortó más de dos años, se suicidó en 1954 tras ser obligado a someterse a castración química como castigo por conducta indecente. Esta, y no otra, es la barbarie que denuncia la película; el peso que conlleva la hazaña de Turing (poca cosa: salvó unos catorce millones de vidas) colocan al mismo nivel la tortura gubernamental que sufrió y una devastadora guerra mundial.

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Lejos de ser un suceso transitorio, la homofobia se asienta en nuestra historia como una lacra permanente hasta el punto de que, al principio (si es que puede definirse un principio como tal), no existía. La homofobia no existía, porque era sinónimo de racionalidad.

The Imitation Game‘ cuenta cómo la humanidad, hace no mucho tiempo, consiguió que el responsable de la conservación de millones de vidas humanas acabase tomando cianuro por sentir, y pensar sus sentimientos, de manera distinta.

El espectador, al leer en los rótulos finales que Turing fue bendecido con el perdón póstumo de Isabel II en 2013, no tiene más remedio que tirarse de los pelos y mandar a la reina a la mierda. Porque, ¿qué otra opción nos queda, cuando las secuelas de 1945 no provienen solo de un conflicto armado?

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