Evalilia

Respiras. Comienzas a sentir que el aire que entra por tus pulmones por primera vez en tu vida te está dando algo. Eres consciente de que te da vida… energía. Abres los ojos y el cielo despejado deja que los rayos del Sol se deslicen por tu piel. Y lo notas. Sientes no solo el calor, sino como todas y cada una de tus células reciben una dosis de la más pura de las energías. Empiezas a darte cuenta de que pesas, eres un cuerpo con masa y volumen. Eres consciente de ello y te encanta, disfrutas de percibir las cualidades físicas de tu propio ser.

 

Caminas. Como si fueras un niño pequeño que ve el mundo por primera vez poco a poco vas descubriendo tu entorno. Todo lo conoces, te es familiar y sin embargo… es maravillosamente nuevo. Miras las flores, jugueteas con las piedras pasándotelas de una mano a otra, te subes a un árbol torcido y notas como te recoge en sus ramas, miras los patos del estanque y admiras la belleza de sus plumas, intensamente coloridas. Agradeces a cada ser o cosa que te encuentras por darte la oportunidad de sentirlo en tu propio ser, de hacerte disfrutar por un momento al máximo de todo lo que es y lo dejas atrás, o en el suelo, caminando con tu corazón lleno de agradecimiento. Te fundes con la naturaleza.

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Viajas. Cada puente o escultura es capaz de llevarte a los más recónditos lugares del mundo. Sabes que no te has movido de allí, que sigues en tu ciudad, pero eres capaz de percibir en tu alma cada sentimiento que sentirías allá donde imaginas estar. El calor sofocante del desierto africano, la suave brisa bajo un cerezo en Japón, el brillo intenso de una playa brasileña… o la solemnidad grisácea de una roca que te transporta a los clásicos, que te inunda de la sabiduría que desprendía la vieja Atenas o del sentimiento de poder que emana de cualquier monumento en Roma. Ay Roma…

 

Vives. Descubres que eres un alma, una mente recogida en un cuerpo, que no es una cárcel, todo lo contrario, para ti ahora es un instrumento para vivir y sentir el mundo. El interior de tu subconsciente ya no es ese lugar oscuro que no se dejaba iluminar. Correteas por él libremente dejando pintadas de los colores más intensos que puedes imaginar y de pronto… lo encuentras. Llegas a ese punto escondido de tu alma en el que se juntan el cerebro y el corazón y descubres que el uno no puede vivir sin el otro. Le das sentido a tus sentimientos y emoción a tus pensamientos. Ordenas tu cabeza y das descanso a tu pecho. Lo tienes amigo mío, tu gran revelación, tu enseñanza vital para el futuro cercano y no tan cercano. Eres feliz, lo has conseguido. La magia se va de tu cuerpo lentamente… Te has curado.

 

Han pasado cuatro horas.

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