Varsovia

Juraría que no estaba sólo. Es más, incluso me aventuraría a defender la idea, por mucho que debiera negarme, de que te encontrabas a mi lado cuando desperté y abrí los ojos; cuando los pájaros dejaron de cantar y el sol moteó la estancia; cuando casi había conseguido pasar tres noches seguidas sin recordar lo que ya no era.

Tu extraña presencia (que no se remitía a un olor, sonido u objeto particular, sino que me había sorprendido como lo que era, simplemente una sensación; más bien un sentimiento), me dejó confundido durante toda la mañana. Era consciente de que llevaba días en otra ciudad, ya que incluso los pájaros parecían tener miedo a cantar testigos de un intruso; pero también me había dado cuenta de que las ansias por cambiar de aires y conocer nuevas experiencias habían conseguido retenerme en el apartamento. Por tanto, quien sabe (desde luego yo no) si fue por la necesidad de conocer por fin lo que estaba a mi alrededor y había querido ignorar durante tantos días, o porque dicha mañana estaba casi seguro de que habías entrado al apartamento (y por tanto quería que volvieras a salir), pero decidí levantarme de la cama, correr las cortinas, abrir la ventana y asomarme a través.

Lo que pude ver de la ciudad, o más bien, lo que quiso ser visto por mí, nunca fue ni será lo mismo que pudiera ver cualquier otro. Incluso encontrándose en el mismo día, desde una habitación que compartiese parcialmente el punto de vista y la gente que caminase se detuviera, no habría dos ciudades idénticas, porque nunca existen dos miradas similares; y no es porque la mía sea especial, ya que resulto ser tan otro cualquier otro, pero sí única.        Es la mirada de cada uno la que crea lo mirado, y por ello cuestiono ahora todo lo que dicha mañana conseguí ver asomado a la ventana; pero también sé que dicha cuestión es verdad en tanto en cuanto nadie podría contradecirme lo que vi, porque sólo yo vi lo que vi. Y lo que vi se construyó sobre cuatro pasos consecutivamente escalonados, nunca paralelos:

b

Lo primero que pugnó por ser visto fue el clima, el olor. Lo analicé. Una mañana de inicios de septiembre, de una región de latitud nórdica, con el sol esquivando los edificios pero con la intención de ocultarse cuanto antes; aire frío y seco, sin polvo, sin ruidos, sin voces. Olor a campo de invierno, a hojas pisoteadas, arroyos creciendo; aroma a leche agria, habitación cerrada, madera mojada. No sé si se debía a que estaba creando mi juicio desde el interior de la habitación, con unas condiciones totalmente diferentes a las de la ciudad, pero lo cierto es que daba la impresión de que mirara cuando mirara el tiempo iba a ser distinto pero reconocible.

En segundo lugar, los edificios. Lo más interesante es que la arquitectura, mejor que la pintura, fotografía e incluso escritura, testifica y atrapa el tiempo como ninguna. Se podría escribir la historia de cualquier lugar sin hablar con nada ni leer a nadie, simplemente observando las fachadas; denotando lo que ha cambiado, sigue igual o dejará de ser. Se podría reducir la identidad de una ciudad no a sus gentes, sino a sus modos de organizarse y estructurarse en el espacio; incluso se podría pensar únicamente en términos de acciones, movimientos y estructuras en sustitución de voces, pensamientos o experiencias. Pero la ciudad, la ventana e incluso el edificio desde el que miraba sugerían tanto que a la vez se quedaba en nada. Porque de alguna forma sabía que la ciudad erigida ante mí (con sus fachadas rojas y azoteas verdes, castillos imperialistas y administraciones comunistas) no databa de años de antigüedad, a pesar de su apariencia, sino que había sido totalmente devastada y reconstruida al completo no muchos años atrás. Sabía que sus gentes habían intentado olvidar el horror y reproducir la época de la que se sentían orgullosos, la que había definido su identidad, frente a los muchos intereses que se la robarían y mancillarían después; pero al mismo tiempo dicha gente sabía que el olvido deja de lado el respeto, y por tanto para no eludir y borrar las huellas de sus caídos, paralelamente a la reconstrucción de la vieja ciudad habían conservado fachadas enteras horadadas y ennegrecidas por la barbarie; huella de lo que el ser humano fue y será capaz.

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En tercer lugar, ellos. Rubios, rubias; altos, altas; pálidos, pálidas; afilados, afiladas; pero llenos de color. Pasean, van a la escuela, se arrodillan ante cualquier altar, cualquier rayo de luz. Conocen perfectamente la inmanencia, el parpadeo, lo fugaz. Saben que su mayor miedo es aferrarse a algo, porque todo objeto inmaterial se les fue arrebatado en contadas ocasiones. Supervivientes, les cuesta hacerse a la idea de la tranquilidad y la calma. Cada uno va a lo suyo. Nadie se mira ni te mira. Uniformados o no, contrastan con las fachadas rojas y negras, azoteas verdes y doradas. Cada cual se mira a sí mismo, pero todos, el conjunto, ellos, se aseguran de que te sientas bien, a gusto, como en casa. La nación más masacrada, las almas mejor moldeadas.

En cuarto lugar, tú. Lo que no se ve, es decir, lo que a la ciudad le cuesta mostrar más ante miradas predispuestas a la desacreditación y falso juicio, elige un instante de parpadeo para aparecer en algún momento del día. En algunas ciudades del sur ese parpadeo suele coincidir con el atardecer; en otras del oeste tiene lugar de madrugada, cuando todo el mundo duerme. Pero en la que pude contemplar dicha mañana ventana a través, lo oculto resultó ser lo único que se dejaba ver, de tal forma que cualquiera era capaz de abandonarse a sus esquinas, bancos, carrozas o iglesias y dejarse llevar; y durante horas no necesitar regresar. Pero entonces pensé, si todo se dejaba ver, qué era lo que se ocultaba en dicha ciudad, lo que se resistía a cualquier mirada no merecedora. Lo intenté buscar sin pestañear, forzando la vista a distancias que cualquiera juzgaría de imposibles. Y lo encontré, no en lo que veía cada instante, sino en lo que acababa de ver, aquello que quedaba retenido en mi memoria cada vez que desviaba la mirada. Y en ese momento lo supe.

3

 

Todo viaje, toda nueva ciudad tiene el poder de abstraer a quien se preste a ser engañado. Todo viaje hace olvidar lo que en el momento presente no invade la mirada. Pero en este caso la ciudad tenía la capacidad de hacer olvidar todo lo que uno no veía a través de su ventana, todo menos ese alguien que reconoces en cualquier detalle a modo de recuerdo. Y dicho alguien nunca es uno mismo, sino aquel que cada cual desea dejar atrás. Y entonces entendí que ellos, los transeúntes de aquel lugar, estaban obligados a recordar, cada vez que miraran hacia un punto nuevo, el anterior momento ya inscrito a modo de recuerdo irrenunciable en una memoria que juega ante un pasado y futuro, nunca presente. Y de esta manera me di cuenta de que mi juramento era tan falso como cierto; de que me había despertado sólo esa mañana, y al mismo tiempo con la única compañía a la que no podía renunciar; porque las luces de septiembre te habían llevado a mi lado únicamente cuando abrí los ojos en la cama, cuando construí la ciudad a través de la ventana, cuando casi había conseguido pasar tres noches seguidas sin pensar en lo que nunca volvería a ser.

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Puedes ver más fotografías de Luis Cemillán sobre Varsovia aquí 

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