La guerra de las mujeres de sus hombres

Otro de los muchos papeles de la mujer supeditada al hombre consiste en esperarle mientras él salva el mundo. Documentado, en este caso, por la poetisa rusa Anna Akhmatova y la escritora francesa Marguerite Duras.

Y si alguna vez en este país
Deciden erigirme un monumento

Doy mi acuerdo a ese honor
Sólo a condición de que no lo erijan

Ni junto al mar, donde nací:
Se rompieron mis últimos lazos con él,

Ni en el parque de los Zares, junto al secreto tronco,
Donde una desconsolada sombra me busca

Sino aquí, donde permanecí de pie trescientas horas
Y donde no me abrieron los cerrojos.

Anna Akhmatova, Réquiem (1940)

Akhmatova, como Duras, es una de las tantas mujeres que aguardaron con paciencia la liberación de sus maridos en tiempo de guerra. Su relato es extremadamente personal, pero a la vez colectivo, elevando su experiencia a un nivel universal. En la primera parte de El dolor, la protagonista acude a menudo a la estación de tren donde cientos de mujeres llevan a rastras la esperanza de ver regresar a sus maridos o familiares.

“Hoy llega el primer convoy de deportados políticos de Weimar. Me telefonean del centro por la mañana. Me dicen que puedo ir, que no llegarán hasta la tarde. Voy por la mañana. Me quedaré allí todo el día. No sé dónde meterme para soportarme” (pg. 23)

Duras se desplazaba a la estación para reunir información que publicar en el periódico Libres, que ella misma creó en 1944, y su Servicio de Indagación. Era una mujer que se mantenía activa a pesar del tremendo dolor que la poseía cada día. “El dolor está implantado en la esperanza.” Iba a Orsay con una intención laboral, pero observaba a las mujeres que llegaban allí a las siete de la mañana y que se retiraban a las tres de la madrugada, para regresar al día siguiente. Observaba a las mujeres igual que lo hacían otros, acudiendo como meros espectadores a sentir la guerra de cerca, a presenciar otro vil aspecto de ella como si se tratase de ver la televisión. Mientras trabajaba, Duras esperaba toparse con el nombre de su marido, signo de su regreso, esperando la posibilidad de que se encontrase de pie delante de ella de un momento a otro.

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(Fuente: salon-litteraire.)

Akhmatova toma en consideración el sacrificio de las mujeres con las que comparte algo más que una “cola bajo Las Cruces”, “entre trescientas mujeres, con un paquete”; comparte un sentimiento que es tan esperanzado como desesperado. Hay una cita de Chuck Palahniuk que es una de las mayores verdades jamas leídas: “Losing all hope was freedom”, perfectamente aplicable a este contexto. Estas mujeres, esperando a sus maridos, que estaban presos, perdidos, sometidos; estas mujeres pasan a vivir la misma situación que ellos. La esperanza de encontrarles las vuelve presas, perdidas, sometidas. Les quita toda libertad.

Duras, en El señor X. Aquí llamado Pierre Rabier, conoce al aludido en la sala de espera de la cárcel de Fresnes. Ella es otra de las muchas mujeres que van a las prisiones a llevar paquetes a sus maridos encarcelados. Duras explica “Somos una decena. No nos hablamos”. En aquella fúnebre atmósfera, supongo que hablar no era solo innecesario, sino también molesto. ¿Qué podrían contarse unas mujeres a otras que no supieran ya?

“Los paquetes de víveres quedan suspendidos sine die. Voy a Fresnes varias veces para nada. Me decido entonces a conseguir un permiso de paquetes por mediación de la rue des Saussaies. […] Espero varios días seguidos delante de la rue des Saussaies. La cola ocupa cien metros de acera. Esperamos, no para entrar en los locales de la Policía alemana, sino para coger turno de entrada. Tres días. Cuatro días ” (pg. 88)

Situación similar vivió Akhmatova; queda constancia en el fragmento citado al principio: “donde no me abrieron los cerrojos”. No solo era complicado hacer llegar un paquete; en ocasiones, imposible. Eran demasiadas mujeres para demasiados presos, y es admirable cómo Duras se las ingeniaba para buscar distintos métodos cuando los que empleaba no le eran útiles.

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(Fuente: rimachisialer.)

Hay cierta diferencia entre cómo Akhmatova dedica algunos poemas a esas mujeres a las que acompañó y que la acompañaron; parece como si realmente hubiese sembrado y recogido relaciones de amistad con muchas de ellas. Sin embargo, puede que solo las observara, al igual que hacía Duras; esta nunca dice haberse mezclado con el resto. Akhmatova podría haber respirado la misma esperanza y el mismo dolor que las demás mujeres, podría haberse sentido cercana a ellas de una forma en la que no hubiera influido la proximidad física. El simple hecho de saber que las demás estaban atravesando la misma tempestad las une ineludiblemente. Y no hay necesidad de palabras, incluso quizá tampoco de miradas. Es el yo a merced del colectivo, del nosotros, del nosotras.

De nuevo se acercó la hora del recuerdo.
Os veo, os oigo, os siento:

A aquella a la que a duras penas empujaron hacia la ventana,
A quien sus pies no pisan su tierra natal,

A la que agitando su bella cabeza
Dijo: “Vengo aquí, como si fuera a casa”.

Quisiera llamar a todas por su nombre,
Pero confiscaron la lista y no se puede encontrar.

Para ellas he tejido un vasto sudario
Con las pobres palabras que les oí.

De ellas me acuerdo siempre, en todas partes.
No las olvidaré en una nueva desgracia.

Y si amordazaran mi atormentada garganta,
Por la que gritan cien millones de voces,

Que ellas también rueguen por mí
En la víspera del aniversario de mi muerte.

Anna Akhmatova, Réquiem (1940)


Ilustración de Julia Mora

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